Tendría como 7 u 8 años, no lo recuerdo bien, ese día fuimos con la familia a la montaña. Mi papa, mis hermanos y yo nos dispusimos a caminar por el sendero para poder hacer la cima. Pasaron muchas horas, para un niño parecían días, al menos así lo creía yo, pero con las hermosas vistas de los prados verdes y los árboles no me importaba el cansancio.

No podíamos ver el final de la montaña, solo el camino. Después de mucho rato, al girar por una curva, vimos por fin el pico, y arriba de él, unas nubes. Parecía que la montaña quería tocarlas, pero no se dejaban.

Cuando llegamos, la vistas eran asombrosas, el aire fresco y limpio, recuerdo llenar mis pulmones, como queriendo retener ese aire tan puro y guardarlo para siempre.

De repente, me di cuenta que las nubes bajaron un poco más, estiré mi mano para poder tocarlas, pero estaban como un metro más arriba, mi padre, me agarró en sus brazos y me alzó lo suficiente para poder tocarlas, para mi sorpresa, no eran de algodón, era como cuando uno se mete en la niebla, movía mi mano y se movían a mi ritmo, como bailando, fue un momento mágico. De repente las nubes  me envolvieron por completo, para después alejarse lentamente hacia arriba, intentando encontrar el frío suficiente para condensarse y así precipitarse una vez más hacía la tierra en forma de lluvia.

 

Sin duda, mi padre estará ahora tumbado en esas nubes que tanto le gustaba mirar, viendo las montañas, los ríos y los árboles.

Miguel Ángel Maderal Lobodirector@grupomaderal.mx