El tiempo pasa inexorablemente, para todos nosotros, y para nuestras ciudades. Para bien y para mal, o para mal y para bien, según sea el caso.

Me levanté hace unos días con la noticia del inminente cierre de mi primer colegio, las aulas donde yo crecí, si bien, con un poco de melancolía, asumiendo que era lo más lógico, teniendo en cuenta que ya se caía a pedazos cuando yo estudiaba, teniendo incluso que hacer clases en medio del pasillo, por si cedía el techo de la clase, -Creo que evaluaban si el cemento tenía aluminosis, no recuerdo bien, un problema que se propagó en la construcción allá por los ochentas.-

Si bien muchos pensaron en enviar a sus hijos y quizás a los hijos de sus hijos al mismo colegio como si fuera tradición, yo no vi la necesidad de repetir lo mismo, ¿Para que repetir la historia? Por ese motivo, decidí dejar el nido e irme a otro continente y así cambiar de aires, como antes lo hicieron mis antepasados.

Es raro volver, a donde uno nació y se crio, cada vez que lo hago veo tantos cambios que son abrumadores, me paso el día diciendo; -¡Mira! En ese terreno aprendí a conducir, pero ahora hay edificios, en esa casa tengo una foto cuando era bebe pero ahora hay una glorieta de circulación.- La próxima vez que vaya diré, -Hay había un colegio donde yo estudiaba, ahora… ahora no sé qué es lo que habrá, en el mejor de los pasos un parque, tendremos que esperar.

No es bueno ni malo, no es triste ni alegre, simplemente la vida sigue a su ritmo cambiando lentamente las cosas como el agua cuando va puliendo poco a poco las rocas.

Mi generación recordará ese edificio donde pasamos tantos momentos de nuestra niñez, pero que visto desde afuera, solo era un edificio más, de ladrillos y cemento, lo importante realmente eran las personas que estaban dentro, alumnos y profesores, estos últimos, intentando inculcarnos algo de brillantez en nuestros jóvenes cerebros.

Dedicado con mucho afecto a la generación del 78

Miguel Ángel Maderal Lobodirector@grupomaderal.mx